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miércoles, 16 de diciembre de 2009

"OTROSÍ" Nro. 27 – abril del 2001 "La hipocresía holandesa"

"OTROSÍ" Nro. 27 – abril del 2001

"La hipocresía holandesa"

La nación holandesa dista desde hace mucho de ser un ejemplo ni cristiano ni de orden natural. Simultáneamente a haberle negado el acceso a un ciudadano argentino, padre de su futura reina, celebró (es un modo de decir) las primeras bodas legales (es otro modo de decir) entre homosexuales.

Aunque no lo aparenten, ambos acontecimientos están vinculados entre sí porque acreditan la misma deserción e idéntica descomposición, uno reflejado en el plano político, el otro en el moral pero, en definitiva, ambos coincidentes.-

Prohibirle el ingreso a una persona por el hecho de haber colaborado (en un puesto eminentemente técnico) con un gobierno "genocida" es una decisión tan precipitada y arbitraria que no resiste el menor análisis, en especial si se la compara con el dato que su anterior monarca-consorte militó en las fuerzas nazis de su país sin que - que se sepa - nadie le haya objetado su juvenil actividad y adhesión.

Por lo demás es de preguntarse en virtud de qué derecho el gobierno holandés proscribe a un ser humano que no se encuentra acusado de delito alguno pero, si extremamos el razonamiento ¿no sería congruente que temieran sus rubicundos ciudadanos que el "mal procesalista" se le hubiera transmitido en la sangre de la eventual próxima monarca y así envenenara a tan nobles súbditos?

En cambio no se advirtió reacción - antes bien, aplauso o consentimiento - ante la implantación de la antinaturaleza en sus leyes; tanta pudibundez por un lado y tanta degeneración por el otro (ciertamente no estamos dispuestos a detenernos a discutir sobre la perversidad de semejante práctica que vemos como evidente) se compatibilizan porque se presentan juntas y son manifestaciones de una nueva y misma ética, la de la tolerancia y legitimación de las conductas más aberrantes y de la adopción de los prejuicios más dogmáticos.

El espíritu que se niega a la Revelación necesariamente se cierra a la naturaleza y en el libre juego de sus pasiones termina relativizando y destruyendo lo que la moral tiene de absoluto e inalterable e imponiendo como obligatorio lo que tiene de relativo y de transitorio. Lo injusto se vuelve ridículo y tiránico.-

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Reflexión sobre el 24 de marzo

En sentido estricto, el tema del 24 de marzo (de 1976) no forma parte de la problemática que habitualmente encara OTROSI, lo que no obsta para que en la presente oportunidad – a 25 años del golpe militar - y, en especial, en atención al aquelarre a que dio lugar su memoración por parte de las izquierdas de todo pelaje y de algunas corrientes no afines pero sí próximas, dediquemos unas pocas líneas al acontecimiento que, por cierto, sigue pendiente de una interpretación más detenida y serena, indispensable por lo demás para descifrar nuestro presente.-

En primer lugar se comprende que los subversivos vivos y los parientes de los que no lo están, denosten y maldigan, aun en los términos más gruesos, exagerados e injustos como lo hacen, ese movimiento militar que significó un paso decisivo en la guerra contra la Subversión, justificándose por la confusión con que se movía el gobierno constitucional de la señora de Perón por un lado y su debilidad estructural por el otro, como lo demuestra el hecho que hubiere declinado en la práctica la represión en una organización privada, abdicando así la más alta función del estado y renunciando a su privilegio natural indispensable en cualquier sociedad civilizada, el monopolio de la fuerza por parte del Estado.

El tiempo, más allá del cuarto de siglo transcurrido, dirá si pudo evitarse el golpe, si había otras alternativas y cuánto influyeron las ambiciones humanas, los errores de apreciación y eventualmente, las influencias exógenas.

Pero lo que no se puede discutir - y menos condenarlo sin más, como lo hacen ahora los subversivos supérstites de la guerra, sus voceros e ideólogos - es la necesidad de afrontar la lucha contra el terrorismo que, luego de recorrer más o menos triunfante el continente, se había instalado en nuestro territorio, intentado la guerrilla rural primero, después la urbana y procurado la secesión de una provincia para rematar en la estrategia de los atentados a veces discriminados, pero luego indiscriminados y decididamente salvajes.

Más allá de las consideraciones prudenciales no había tiempo que perder y, como sabían los romanos, la necesidad no tiene ley. HUBO QUE INTERRUMPIR EL ORDEN CONSTITUCIONAL PARA SALVAR A LA SOCIEDAD, porque ese estado de derecho formal daba muestras inequívocas de incapacidad para defender la legalidad de fondo, real, que había sido desafiada íntegramente por el terrorismo.

El Estado está al servicio de la Nación, el poder tiene que estar atento a la necesidad, la normativa jurídica depende del orden natural, el derecho no genera de por sí la paz aunque la necesita y la preserva: son consideraciones básicas que no se deben ignorar. Y por sobre todo, está la virtud de la prudencia política que no es oportunismo.-

Pero además - éste es otro olvido interesado e imperdonable - la clase política de entonces (no muy diferente de la actual) apoyó tácita o explícitamente el derrocamiento del gobierno. El reconocimiento de Balbín - la cabeza notoria e indiscutible de la partidocracia de los 70 - en el sentido que no tenía soluciones a la crisis del momento, equivalía y así fue interpretada, como la luz verde para el golpe y su legitimación.

Las posturas posteriores fueron y son aspavientos para disimular el hecho de que los políticos perdieron el control del país, que no podían seguir gobernando y que por eso llamaron a los militares como hicieron en otras oportunidades (y mucho nos tememos lo vuelvan a hacer llegado el caso).-

¿Cómo no aprender en cabeza ajena? Argelia, Vietnam, Cuba, Nicaragua, para citar los casos exitosos; el Salvador, Colombia, Perú, el propio Brasil, el mismo Uruguay - ya a tiro de cañón de la Argentina - constituían ejemplos que no se podían desconocer ni subestimar: el incendio llegaba a nuestras puertas y se filtraba en nuestras casas, el humo nos cegaba y no nos dejaba respirar ¿qué esperar entonces, no era hora de reaccionar, de REPRIMIR?

Es lo que se hizo y se utilizó un verbo fuerte pero indispensable para definir y encuadrar la acción: aniquilar, esto es reducir a la nada. Frente a los homicidas, terroristas, secuestradores, revolucionarios, conspiradores permanentes, violentos sistemáticos, irracionales que habían borrado de sus conciencias todo límite y todo escrúpulo no quedaba otra respuesta que la que se tomó y que se tomó a tiempo.

Se recurrió a las armas y a idénticas metodologías que las practicadas por un enemigo místico, adiestrado en el exterior y al servicio de una potencia mundial.

A 25 años se podrá discutir el acierto e incluso la ética de semejante praxis pero entonces no, como lo prueba un hecho que hoy todos quieren olvidar o soslayar: la sociedad, espantada y desconcertada por el terror que había estallado en su interior, acompañó al golpe y a las modalidades adoptadas.

Libre de la presión mediática, pudo discernir con la lucidez que da la inmediatez de la realidad concreta dónde estaba el bien y dónde el mal y la licitud y conveniencia de los medios empleados. No era tiempo de consenso porque la guerra no aguarda.-

Es lícito distinguir entre la Represión - razón y justificativo del golpe - y el Proceso de Reorganización mismo; a éste se le pueden oponer las mayores objeciones tanto por motivaciones principistas como de hecho, así como proporcionarle un apoyo decidido o un aplauso discreto, todo según la óptica de cada cual.

Pero el hecho de haber tomado a su cargo la empresa magna de combatir a la Subversión, terminar con el terrorismo y defender a la sociedad de la izquierda armada merecerá, tarde o temprano, el reconocimiento - con todas las reservas que se quiera ante un conjunto de políticas discutibles, pero también con toda la heroica convicción de haber librado una guerra esencialmente justa - del pueblo argentino; que alguna vez tendrá que pensar qué habría sido de él, cual sería su suerte, en qué habrían terminado sus libertades de haber triunfado el Enemigo marxista alzado en armas en virtud de un mesianismo delirante.

E hipócrita como lo demuestra la circunstancia que la mayoría de sus mandos se encuentra disfrutando de los favores del dinero y de las prebendas del poder (con éste y los anteriores gobiernos), con los mismos a los que había declarado una guerra en cuyo nombre se engañó a tantos jóvenes y se inmolaron tantos inocentes.-

Dos guerras, las dos dignísimas y justas, libró el Proceso (y la nación alineada detrás, se lo reconozca o no), la antisubversiva y la de recuperación de la tierra perdida en el Atlántico sur.
Aquella se ganó y ésta se perdió pero ambas, en distinto sentido, se hallan pendientes e inconclusas, una porque se continúa bajo otra forma y modalidad, la otra porque hay que reanudarla cuando las circunstancias lo permitan, como predicó Manuel Gálvez.-


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Dr. Víctor Eduardo Ordóñez
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