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lunes, 26 de octubre de 2009

"OTROSÍ" Nro 18 extra – enero del 2000 "La última oportunidad"

"OTROSÍ" extra – enero del 2000

LA NUEVA PROVINCIA - Bahía Blanca, jueves 13 de Enero de 2000

"La última oportunidad"Por Víctor Ordóñez

Los sucesos que se desencadenaron en los días postreros del año anterior (que sin duda se repetirán o prolongarán en cualquier momento, como lo anunció el vicepresidente Carlos Alvarez) tienen un sentido y un origen.

Sería terrible que la clase dirigente política actual repitiera los errores de la anterior --de aquella que fue contemporánea de la ola terrorista de los '60 y '70--, que

* o bien disimuló el significado de los atentados que se llevaban a cabo en esos años o bien apañó a sus autores y hasta justificó su ideario;

* la condena indiscriminada y masiva de los encargados de la represión,

* el lanzamiento de una campaña unilateral --cultural y judicial-- contra los integrantes del gobierno militar,

* la puesta entre paréntesis de los actos criminales de la subversión como si no hubieran existido,
* los abusos procesales gravísimos en que se incurrió a sabiendas que se desconocían y vulneraban principios básicos y universales del derecho penal,

* la prolongación, ya en forma de venganza, de acciones judiciales artificiales contra los represores (como la causa sobre "robos de bebes"),

* el proceso de inculturación que se desplegó desde dentro y fuera del gobierno constitucional sobre la desconcertada sociedad argentina,

son apenas algunos de los aspectos de la gigantesca maniobra de encubrimiento, de confusión y de desarticulación que realizó la clase dirigente en la era democrática posarmada.

Y conste que cuando hablamos de clase dirigente nos referimos al simple hecho de que dirigen, no que sean los mejores ni que tengan derecho a hacerlo; y en el concepto incluimos a operadores políticos y, en especial, a los comunicadores.
Ahora, con las pruebas a la vista, la actividad subversiva vuelve; con sus mismas tácticas y con mejores técnicas, con sus viejos slogans , con su irracionalidad apabullante que no deja pensar ni analizar, con la adopción de posturas de eternas víctimas, denunciando constantemente a un enemigo inubicado y no definido y que cambia de nombre y de rostro con una rasante simplificación: ayer López Rega, hoy Storani, como se leía en algunos carteles en la manifestación de repudio que se realizó en Corrientes a los dos días de la represión de la Gendarmería.
La misma crueldad
Y con la crueldad de siempre: el atentado sufrido por el diputado nacional Martínez Llanos por medio de una carta-bomba revela el uso de una tecnología avanzada, pero, sobre todo, la falta de espontaneidad de los reclamos en cuyo nombre se desató la violencia. Hay detrás de esta violencia instrumentada una ideología y una metodología, ambas conocidas y sufridas ya por el pueblo argentino en todos sus estamentos.El desafío que le corresponde afrontar a la actual dirigencia --en cuyos entresijos se han refugiado y prosperado, actúan y sobreactúan muchos de los actores directos o indirectos del terrorismo de veinte años atrás-- es:

* hablar y actuar con claridad;

* es decir, manifestar si comparten o no aquella ideología

* y si condenan o no esa metodología.

No se puede tolerar que se retorne a un discurso sin compromiso directo que se evapora en declamaciones obvias unas y evasivas otras. "Sí, sí, no, no" será la consigna que debe regir la reacción de nuestra partidocracia en la actual situación; lo contrario tomará un alarmante cariz de complicidad. E, inclusive, de infiltración y de traición, de abandono de las obligaciones que la función pública y el manejo de los medios coloca en cabeza de sus detentadores.
No hay derecho a volver a equivocarse.
Las declaraciones del vicepresidente Carlos Alvarez, hechas sobre el filo mismo de los acontecimientos, no pueden menos que provocar zozobra en la sociedad, por lo menos en aquella que guarda memoria de lo acaecido y sufrido bajo el signo del terrorismo pasado.

Es una típica actitud de escapismo; luego de reconocer que la violencia de Corrientes puede extenderse (de hecho, con sospechosa simultaneidad, se producían otros actos similares con menos repercusión en Formosa, Salta y Jujuy), se pierde en consideraciones y proyectos tan alejados de la realidad y en especial de la más urgente, que da la impresión de querer disolver la gravedad de la situación en simples soluciones de coyuntura (todo se arreglaría con más dinero y con una intervención federal honrada) y de remitirse a un futuro indeterminado, es decir, de reducir la acuciante problemática presente a un planteo lejano en la suposición de que se trata de una cuestión de sueldos impagos.
Esta simplificación es dolosa y elude encarar el fondo de la nueva realidad, que consiste --ni más ni menos-- en la reaparición de la subversión que tantos habían coincidido en dar por terminada con la restauración del régimen constitucional, en 1983.

Desde entonces se ignora el hecho de que la subversión atacó al Estado argentino, no a un gobierno débil como el de la señora de Perón o de una gobierno militar como el de 1976.

La agredida es la sociedad en su conjunto, ahora y entonces, y el vicepresidente Alvarez se equivoca (¿por malicia, por apresuramiento, por anteojeras ideológicas?) al desviar la atención a sectores secundarios y al proponer salidas inservibles a la crisis, como la convocatoria de politicólogos distinguidos para discutir "la reforma del sistema político".
¿Qué se quiere con eso; no hay nada más inmediato para el Poder Ejecutivo, con las armas a la vista y con las consignas de siempre en sus oídos? Elude siquiera mencionar de costado la posibilidad de la vuelta de los terroristas de ayer y de anteayer e insinúa la necesidad de investigar la actuación de la Gendarmería, la fuerza que reprimió. ¡Otra vez se tuerce el enfoque, se altera la perspectiva de los sucesos y de su significado, se invierte la responsabilidad y la culpa de la violencia!
Negar lo evidente
No puede siquiera discutirse que éstas recaen en una primera instancia en los sucesivos gobernantes de la provincia de todos los colores partidarios, cuyas exacciones no han sido nunca indagadas. Pero quedarse en este análisis y en esta denuncia es pecar de superficialidad y conformarse con lo evidente o, peor, es al mismo tiempo negar lo evidente.

Nadie cree --aunque nadie tampoco extrae las debidas consecuencias-- que un grupo de maestras desocupadas aprendió a manejar de repente sofisticados instrumentos de comunicación ni que un campesino hambriento cruzó el río para enviar desde Resistencia un explosivo que le habría de volar las manos a un adversario político ni que los empleados que no cobraban desde hace meses se transformaran, llevados por la indignación, en francotiradores que supieron herir a cinco gendarmes en una refriega de veinte minutos.
Nada de esto es creíble, pero, sin embargo, todos por el momento parecen creerlo y se detienen en la puerta. Cómo no advertir que se trata de un prólogo y de una gimnasia que llevan a cabo hombres bien entrenados? ¿Por qué ocultarlo y a beneficio de quién?Aquí hay una estructura y una infraestructura; por aquí pasó Calderón, representante de las sangrientas FARC colombianas; aquí el minúsculo pero activo centro sindical de izquierda con que cuentan los revoltosos se movilizó el 20 de diciembre en reclamo por las muertes en el puente de la discordia.

Entre paréntesis, el hecho denunciado por el interventor Mestre de que no se podían pagar los sueldos ese mismo día por el paro de los bancarios (adheridos a la entidad convocante) pone de relieve la intención de los neoterroristas de profundizar el conflicto, cerrando o postergando la posibilidad de una solución inmediata.

Tampoco tardaron en reaparecer las brujas y brujos de los derechos humanos, que supieron revertir la derrota militar de la subversión en una victoria política y cultural.
Este es otro peligro a prever, el recurso desbordado e inmoral a los derechos humanos --categoría nunca precisada debidamente y que sólo la izquierda parece poder descifrar-- en beneficio exclusivo de los subversivos que saben como nadie convertirse de agresores en perseguidos, de victimarios en víctimas.
Esperamos vivamente que, ahora --ya con todos los factores de la realidad a su disposición--, la clase política, aun la integrada por los sobrevivientes de la anterior y cruel algazara revolucionaria, no nos vuelva a traicionar ni a traicionarse; que todos empiecen por declarar dónde está cada cual y qué se proponen hacer; cuál es la concepción exacta que tienen respecto de la insurgencia que vuelve a levantar cabeza; qué errores están dispuestos a no repetir; qué lealtades están dispuestos a rever. Todo un desafío y todo un replanteo que se imponen para que los gobernantes dispongan, además, de un título democrático legal, un título republicano legítimo. ¿La "izquierda civilizada" está en condiciones de negociar con la que vuelve a recurrir a las armas a las que nunca renunció?

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