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miércoles, 30 de diciembre de 2009

"OTROSÍ" Nro. 29 – junio del 2001 ¿AUN ES TIEMPO?

"OTROSÍ" Nro. 29 – junio del 2001

¿AUN ES TIEMPO

Ya nadie puede desconocer ni disimular lo que está ocurriendo de un modo cada vez más precipitado en el país, nadie excepto los propios políticos. La izquierda rearmada - en connivencia y continuidad de la posarmada - está saliendo, por fin, a la superficie y dando sus primeros pasos en la nueva gimnasia terrorista en la que se embarcará según lo vienen proclamando y reclamando sus voceros desde hace tiempo en lenguaje más o menos cifrado pero inteligible para el que no haya querido engañarse ni engañar. Los estallidos de violencia - que no son tales en cuanto se tratan de hechos claramente planeados e implementados y de ningún modo espontáneos que se extienden con cuidada metodología por todo el territorio - no sólo son actos significativos y amenazantes sino patentes atentados contra un orden político legal al que se le vuelve a declarar la guerra.

Ciertamente es fácil echar la culpa de esta renovada ola bélica a un sistema singularmente perverso e injusto llamado de diversas maneras, neoliberalismo, hipercapitalismo, globalista, aperturista, privatizador; cada una de estas denominaciones dicen algo de verdad pero como no es nuestro propósito entrar en consideraciones al respecto, nos limitaremos a señalar que se está ante un régimen socioeconómico que, al permitir todo tipo de excesos, autoriza todo tipo de reacción aunque, por supuesto, no las legitime.

Como quiera que sea parece oportuno proponer una reflexión sacada de la memoria y del fárrago de sucesos que se vienen dando desde hace 18 años. Y es que los responsables e ideólogos de este sistema - injusto, cruel, marginador y, además, inútil, ineficiente y desnacionalizador - son los mismos que inspiraron, acompañaron, apoyaron o toleraron la reivindicación de los terroristas de ayer y, necesariamente, de los de hoy y los de mañana si la ocasión lo requiere.

Es decir que tras esta rebelión de Salta, Neuquen, La Matanza, la propia Capital y tantos otros lugares cuidadosamente elegidos, donde se producen choques y tiroteos (en definitiva, pequeñas batallas campales como las que precedieron al terrorismo sistemático de los 60 y 70) se mueven - ¡aun sin quererlo! - los viejos subversivos que, habiendo perdido la guerra y ganado la paz, se colgaron (y beneficiaron) de la política económica salvaje llevada a cabo durante los años democráticos, contra la cual se dice reaccionar ahora. Hay, pues, una relación directa entre éstos patoteros de izquierda moderna y aquellos de otrora: unos y otros se caracterizan por su desaprensión completamente perversa para explotar al pobre, sus derechos, necesidades, angustias y expectativas.-

Como se sabe, los terroristas de la primera horneada eran burgueses -unos un poco primitivos y simplotes, a decir verdad, otros más sutiles y con fines más claros, aquellos provenientes del peronismo que no conocieron y éstos del marxismo que ignoraban- que querían una revolución indefinida, algo lúdica y que se agotaría en sí. Se rebelaban contra el sistema capitalista y creyeron - o quisieron creer - que éste caería con el secuestro y asesinato de uno que otro empresario. No sabemos si los de ahora incurren en tamaña cruel inocentada, suponiendo que alguna vez la hayan creído pero cuentan con la ventaja militar y dialéctica que en los últimos años del pasado siglo y los primeros del actual la situación para la mayoría del pueblo se tornó intolerable y, más aun, desquiciante.

Esta falta de alternativas, esta desesperanza generalizada que lleva a la gente no a emigrar sino a huir del país, les provee de "materia prima" y del contexto emocional adecuado para reclamar cambios rápidos y profundos. Pero dadas las causas no se da el justificativo sin más; la injusticia requiere el reclamo y legitima la reacción pero no cualquiera. Para que ésta sea aceptable tiene que ser racional y eficaz y, básicamente, inspirarse en el bien en cuyo nombre se actúa; por el contrario salir a golpear, agredir y destrozar, haciendo blanco de sus odios a las fuerzas de seguridad y a la sociedad en general, es tan inútil como injusto. Todos, empezando por los mismos protagonistas, saben que no se obtendrá nada -nada de fondo, ninguna solución estructural- con estos procedimientos y estos desmanes.-

No se nos escapa que la observación precedente puede pecar de ingenua pero con ella deseamos resaltar la perversidad y la finalidad maliciosa de esta nueva violencia que se aupa - como forma de utilización (o sea, de explotación) de los pobres cuyos requerimientos nadie atiende - sobre una situación que clama respuestas concretas y serias. No las proporcionan el gobierno ni la tecnocracia que lo integra y tampoco la izquierda que, como tantas otras veces, aprovecha los conflictos en su favor, no del obrero que es visto y aprovechado no como energía social y sustento político.

El caso típico fue el intento de infiltrarse entre los varios sindicatos de Aerolíneas Argentinas (casi patética la figura de Bravo fastidiando a los despedidos que no lo escuchaban) ideologizando el conflicto; y volviéndolo insoluble porque resultaba claro desde un comienzo que boicoteando a las otras empresas españolas aquí radicadas no se aportaba ninguna salida. Semejante irracionalidad -no seguida por los afectados directos- fue pensada y puesta en práctica para eso, para cerrar toda salida posible.-

En esta ocasión la izquierda en sus diversas manifestaciones, tuvo a bien dejarlo en claro. Se movilizaron con ordenada brutalidad en Cafayate y Mosconi, donde sus fusileros hirieron a 27 gendarmes (todos con balas calibre 22) en tanto se procuró los dos muertos que precisaba para ampliar su revolucionarismo mediático. De paso dieron muestras de su odio entrañable cuando dos enfermeros del hospital adonde habían sido llevados los policías caídos durante la agresión, se negaron a atenderlos. Esta crueldad, además de simbólica, es expresión de algo más profundo y aterrador: se considera que se está en una guerra, una guerra tan salvaje que no admite las reglas de la misma. Y es así porque se está ante una GUERRA REVOLUCIONARIA que, como todas las similares, se ve a sí misma como última y definitiva y no admite condicionamientos, leyes ni escrúpulos.

Estos motines - administrados desde una central que, según se nos informa, se reunió en Ecuador con asistencia de representantes de las organizaciones terroristas de todo el continente - exhiben desde el principio su falta de espontaneidad. La aparición de gente armada (adiestrada, no improvisados hambrientos que hubieran salido a la calle por las suyas), la presencia de los activistas de siempre (los mismos en La Matanza que a más de mil kilómetros: ¿quién los traslada, quien les paga?), los mismos siniestros personajes emblemáticos de lo peor del ser humano (la de Bonafini y su constante ángel de la muerte al lado que se instalaron en Salta con su mensaje cargado de amenazas buscando un protagonismo que nadie les reconoció), las declaraciones de algunos de sus dirigentes (el "perro" Santillán llamando a las armas), el estratégico lugar buscado para instalar el comienzo de la guerrilla, entre urbana y rural, (el norte de una provincia fronteriza, semiselvática y traspasada por las rutas del narcotráfico), la permanente visita de miembros de la FARC colombiana como se denunciara más de una vez, la maniobra coordinada de la diputada frepasista Bordenave que en su quizá única iniciativa parlamentaria propuso la amnistía de los detenidos sentando el principio de la legitimidad de la violencia instalada (homicidios, lesiones graves, abandono de personas, robos, daños, sedición, interrupción del transporte, secuestro); nada de esto le preocupa a la legisladora ni a los que la acompañan que, por el contrario, avala y se vuelve cómplice de esos y otros delitos.

Finalmente la legitimación de la violencia por la vía de las palabras de la desbordante Elisa Carrió que dijo que "la violencia social se justifica en el país" y por las tratativas que el pequeño Cafiero trabó, a espaldas del presidente, con los jefes piqueteros en Salta. Uno y otro cerraron los ojos con incomprensión y, más probablemente, con complicidad.-

El gobierno, por su parte, adoptó hasta ahora una posición dúplice. Por un lado - con acierto aunque el presidente De la Rúa actuó por consejo o influencia del gobernador salteño Romero - se negó a negociar con los piqueteros que, en realidad, son terroristas encubiertos o en agraz y al acecho; por el otro permitió que la policía federal - que todavía depende de la Nación ¿qué será cuando pase a la órbita del FREPASO? - contemplara pasivamente los destrozos cometidos contra empresas españolas ¿Porqué, por cobardía, por preocupación mediática, por inercia, por filtración en sus niveles de decisión? Urge esclarecerlo.

De cualquier manera el episodio sirve para retratar la tendencia de fondo e insuperable de la clase política; tan frívola y desaprensiva como la que la precedió - que también asistiera con estúpida complacencia al terrorismo de 20 años atrás, fenómeno que nunca terminó de entender -, la actual se muestra, inclusive, más tolerante, comprensiva y comprometida con esta violencia.
Los ejemplos, por acción y por omisión, sobran: desde el citado de Bordenave - con el antecedente de los diputados que propiciaron y forzaron al débil presidente para que amnistiara a los asaltantes de La Tablada - hasta el silencio ominoso que los principales políticos guardan ante los acontecimientos que están incendiando a la Argentina. Alfonsín ni Álvarez ni otros, por lo general tan habladores e inquietos, tienen nada que decir. Su silencio es adelanto de lo que harán o no harán si alcanzan el poder y de lo que en verdad quieren.

Basta, pues, de hipocresía porque tenemos derecho, elemental derecho, a saber lo que realmente se proponen y auspician estos dirigentes, gobiernen o no. Todo esto sin contar con que admiten ser desplazados de la conducción de la cosa pública en una especie de democracia inédita según la cual la representación la ejercen los violentos y no los electos ¿Lo ven así?

Y la Nación no está en condiciones de defenderse a no ser por la mística, la capacidad de sacrificio y la conciencia del deber de sus fuerzas de seguridad hasta ahora no infiltradas, Dios sea loado.

En cuanto a las FF. AA., en virtud de una serie de razones y motivos en los que no podemos detenernos acá pero a los que hemos hecho alguna referencia, carecen de operabilidad, quebradas técnica y éticamente por la misma clase política que algún día no lejano las requerirán; desguasadas, marginadas, humilladas, desmoralizadas y desorientadas, pocos oficiales de cualquier graduación saben lo que tienen que hacer y no sólo por el paso nefasto de M. Balza. Sus sucesores, a través de un discurso inadecuado, confuso y multívoco han incurrido en el peor error en que se puede caer en la política y en la guerra, el de haberse confundido de enemigo.-

Se habló en un tiempo de la libanización de la Argentina; hoy se puede hablar de su "colombización" en cuanto se está insinuando el mismo proceso de fragmentación y de implosión que ha arrasado e inviabilizado a la desdichada Colombia. Depende de los políticos y de los militares impedirlo para lo cual lo primero es neutralizar la acción del enemigo, ubicarlo y volver a aniquilarlo, se encuentre y se disfrace donde y como quiera.-


FOTOCOPIE Y DISTRIBUYA
Dr. Víctor Eduardo Ordóñez
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