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miércoles, 19 de diciembre de 2007

Amnesia colectiva

Amnesia colectiva

Ya que hoy en día virtualmente nadie pensaría en reivindicar el golpe militar del 24 de marzo de 1976, es fácil olvidar que durante años el régimen resultante contaba con el apoyo de una proporción muy significante de la población del país y que su derrumbe se debió no a las violaciones de los derechos humanos sino a su incapacidad para manejar la economía con éxito y a la derrota que puso fin a la breve guerra de las Malvinas. Aunque puede comprenderse la voluntad generalizada de convencerse de que el Proceso fue en verdad obra de una minoría minúscula ajena al resto del país y que por lo tanto los únicos culpables fueron los militares, se trata de una forma de escapismo que, lejos de ayudarnos a entender mejor lo que sucedió en aquel período y lo que sucedería después, sólo sirve para sembrar más confusión. Por cierto, la tendencia de muchos a atribuir todo cuanto es malo en el país actual al Proceso, como hizo hace poco el jefe del ejército, Roberto Bendini, se debe más a sus preferencias ideológicas o al deseo de congraciarse con políticos determinados que a un intento honesto por analizar el pasado con el propósito de no repetir nunca los mismos errores. Según Bendini, fue en aquel 24 de marzo que se puso en marcha no sólo la represión ilegal sino también “una política económica de enajenación del patrimonio nacional, de endeudamiento externo, de destrucción del aparato productivo en beneficio de la especulación financiera, de pérdidas de derechos sociales y políticos y de desarticulación del Estado argentino”, además de la “pobreza y marginación que aún condicionan nuestro presente”, lo que es una forma de insinuar que el 23 de marzo de aquel año la economía nacional disfrutaba de excelente salud.
Debería ser innecesario señalar que no fue así, que, tal y como ocurriría muchas veces después, en los meses antes del golpe la economía parecía estar por precipitarse en un abismo. En cuanto a la depauperación de sectores muy amplios de la población, se hizo evidente a partir del “rodrigazo” del 27 de junio de 1975, el que a su vez fue un intento desesperado de un gobierno penosamente débil por impedir males aún mayores. En efecto, la razón por la que el régimen militar gozó de tanto apoyo antes de 1980 fue la conciencia difundida de que sin reformas económicas drásticas el futuro sería decididamente peor que el presente. Sin embargo, como las palabras de Bendini nos recuerdan, cuando de la economía se trata los militares son tan proclives a confiar en las recetas populistas y nacionalistas como es la mayoría de los políticos e intelectuales, de suerte que el régimen encabezado por Jorge Rafael Videla nunca pudo hacer mucho más que procurar administrar la crisis tal y como había hecho en su fase final el gobierno de la presidenta Isabel Perón.
En otro ámbito, el supuesto por la “lucha contra la subversión”, la continuidad fue aún más llamativa. La metodología aberrante que fue empleada por la dictadura militar fue una versión más sistemática de la estrenada por la Triple A, la pandilla que organizó el ministro de Bienestar Social del gobierno peronista José López Rega, que asesinó e hizo “desaparecer” a los adversarios o críticos con la más absoluta impunidad tal y como harían los militares. En cuanto a la subversión misma, también fue culpable de crímenes similares, detalle éste que el gobierno del presidente Néstor Kirchner es reacio a asumir. Así las cosas, es ridículo suponer que el Proceso militar se haya debido a nada más que las ambiciones nefastas de los uniformados y los designios viles de “los neoliberales”, o que en los años siguientes el país fuera la víctima inocente de una fuerza de ocupación sin nada en común con los civiles. Antes bien, la dictadura fue la culminación lógica de un conjunto de males que afectaban a casi toda la sociedad y que, si bien en la actualidad son mucho menos virulentos que en aquel entonces, todavía no han desaparecido por completo. De más está decir que para que dichos males sean curados de manera definitiva será preciso que el diagnóstico sea acertado, pero parecería que pocos quieren examinar el pasado con un mínimo de objetividad, acaso porque a la mayoría de los polítizados les conviene más el maniqueísmo rudimentario que la objetividad.
Viernes 24 de marzo de 2006
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