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domingo, 28 de febrero de 2010

"OTROSÍ" Nro. 40 – noviembre del 2002

"OTROSÍ" Nro. 40 – noviembre del 2002

“CUANDO LA GUERRA ES JUSTA EL QUE NO MATA PECA

Cuando San Agustín sienta con tono axiomático esta premisa, esta dando por presupuesto la necesidad de que la guerra en la que es licito matar, sea justa. Esto es fundamental. La violencia -una experiencia varias veces milenaria nos lo recuerda y actualiza a cada momento- es una especie de constante de la vida humana y, sin pretender incursionar en un terreno ajeno como seria el antropológico, podríamos decir que lo es también de la naturaleza humana.-

Sin embargo, como toda actividad referida al hombre o que tenga como referente al hombre, se encuentra sujeta a determinadas normas, es decir condicionada y regulada a un estatuto mas o menos explícito, tanto jurídico como ético y tanto en un sentido positivo como negativo. En el caso de esta norma -tan severa y hasta dura pero tan valiente- dictada por el santo obispo africano esta condenando de un modo expreso y contundente la pasividad del actor u operador interviniente en la guerra justa. No admite la inactividad, la indiferencia ni la dejadez en la lucha; mucho menos la cobardía, la complacencia ni la complicidad con el enemigo, sea por comodidad o frivolidad, sea por un exceso de "comprensión".

Cuando la guerra ha estallado, cuando la batalla comenzó el que eligió el buen bando en el buen combate en adelante no podra ser neutral lo que seria como alejarse de la lucha. Y esto es pecado según la enseñanza del padre de la Iglesia Occidental.-

La razón esta en que el bien en cualquiera de sus manifestaciones y terrenos obliga a todos los que le pertenecen y que, por eso mismo, deben servirlo. Y los obliga de un modo activo, con una exigencia apremiante y practica no siendo suficiente la mera adhesión de palabra, la buena voluntad ni el apoyo retórico. Por el contrario, si es preciso matar por una causa justa no solo se puede sino que se debe hacerlo. Tanto mas si el manejo de las armas, la administración de la violencia y la defensa de los valores agredidos (por ejemplo, el orden político vigente que asegura una cierta paz) están a cargo y corresponden a un estamento que ha hecho de ello su vocación y profesión. En la adecuada satisfacción de tales exigencias consiste el cumplimiento en el caso de los deberes de estado.-

¿Y que es una guerra justa? El mismo santo doctor nos lo dice: "Las guerras justas suelen definirse las que vengan injurias, como la nación o la ciudad que ha de ser atacada no ha querido reparar el mal que perversamente le hicieron los suyos o restituir lo que injustamente robaron". Otro eminente doctor de la Iglesia, que pasa por ser uno de los refundadores del iusnaturalismo después de la Edad Media, Francisco de Vitoria, dice comentando el anterior texto: "La única y justa causa de la guerra es la injuria recibida.... además la guerra ofensiva se hace para vengar ofensa y escarmentar al enemigo..." Para aplicar al caso de la guerra antisubversiva argentina no podría encontrarse otra lección mas elocuente ni con mas autoridad ni prosapia ni mas adecuada.-

Porque el terrorismo propiciado y aplicado por Montoneros y el ERP y otras cafilas menores (menores en dimensión pero no en perversidad) constituye esa agresión injuriosa de que habla la escolástica de todos los tiempos desde el comienzo hasta nuestros días. Rechazarlo, combatirlo, exterminarlo hasta librar a la nación del ofensor fue la misión que llevaron a cabo las Fuerzas Armadas argentinas a lo largo de dos cruentas e interminables décadas que, inesperadamente, parecen revivir ahora.-

Las ciudades argentinas, la Capital Federal incluida, están siendo invadidas con una regularidad y constancia que permite pensar en una verdadera táctica, por miles de autotitulados piqueteros; los mismos que cortan las rutas mas transitadas y ocupan los espacios públicos y privados mas notorios como la Casa de Tucumán. Lo hacen a vista y paciencia de todos, de los ciudadanos en primer lugar que sufren esos excesos y las autoridades que los toleran en abierto incumplimiento de sus deberes. Fueron ellos los que, cometiendo claro delito de sedición, impidieron en su momento funcionar al poder legislativo cuyos integrantes no pudieron ingresar en mas de una ocasión al edificio del Congreso por encontrarse bloqueadas las adyacencias por los camiones de Hugo Moyano o por los atronadores saltimbanquis que los empujaban e insultaban a su paso. Tan grave como esta sucesión de infracciones (con daños diversos, alteración del orden y violación del derecho de circular de la mayoría de los ciudadanos, llegándose a producir la muerte de algunos de ellos; un puente sobre el Riachuelo fue clausurado porque amenaza ruina por culpa de este accionar) es la actitud complaciente de los gobiernos nacional y provinciales que permiten estos atropellos que cada vez mas amenazan con salirse de madre sin que nadie -y menos que nadie los responsables directos o indirectos de la paz y de la seguridad sociales- se muestre dispuesto a hacer algo. La impresión que se tiene -y que se renueva con cada uno de estos episodios que bordean o ingresan en lo delictivo- es que el estado -nacional o provincial- esta dispuesto a dejar el país en manos de estas patotas que actúan como los soviets del 17, reproducen los métodos de los prototerroristas y terroristas de los 70 y se comportan como los barras bravas de los 90.-

Porque a nadie se le puede escapar que se esta ante la etapa previa de una nueva rebelión subversiva o, por lo menos, de un ensayo general en la que se esta procediendo a ajustar todos los detalles y, en especial, a constatar la capacidad y la vocación de reacción de los llamados a reprimir nuevamente. Golpean aquí y allá en busca del punto flojo, de la respuesta débil, del medio guiño cómplice, del consentimiento tácito.-

Van por afuera del sistema institucional no solo desafiándolo sino procurando su destrucción lo que de hecho consiguen. Practican con sus consignas violentas y bastas y sus procedimientos prepotentes una suerte de democracia directa o, por lo menos, asi lo creen ellos. Es cierto que los resortes de esa institucionalidad no funcionan o apenas lo hacen, que el todo se mueve con la velocidad de un paquidermo y que sus mecanismos han caído en la inacción mas completa, por no decir en una parálisis terminal. Pero la ineficiencia de la maquinaria estatal -en sus tres manifestaciones- no justifica ni legaliza la adopción de semejante metodología reiterada hasta la exasperación que, se sabe desde el primer momento, no conduce a nada. Y se puede sospechar con fundamento que este es el resultado que se desea, es decir ninguno; se trata de mantener una situación de exaltación constante, de nerviosismo permanente, de desafío siempre abierto, de conflicto irresuelto. Se piden cosas que no se van a conseguir, se reclaman logros que no se producirán, se exigen soluciones que no llegaran. O que serán parciales y precarias como la creación de cientos de miles de puestos e trabajo (lo que requeriría reformas de base, verdaderamente estructurales) o la entrega de miles de bolsas de alimentos (lo que supondría un acto de generosidad de los comerciantes que pocos de ellos están dispuestos a realizar) o el otorgamiento de nuevos "planes trabajar" lo que exigiría un mayor dispendio del dinero publico que, en rigor, es mas de la sociedad que del estado. Lo que esta significando que estas repetidas invasiones de los piqueteros perjudican y agravian mas a la gente del común que a los gobernantes mismos que, por ahora, pueden limitarse a contemplar con calculada paciencia estos accesos de ira que en forma espasmódica se lanzan sobre las ciudades y las rutas. Ira explicable y justificada pero no solo para los furibundos manifestantes que ocupan calles, interrumpen el transito y, de paso, destruyen vidrieras y vehículos: buena parte de la sociedad la esta pasando mal y muy mal pero a pocos -solo a estos profesionales de la protesta- se les ocurre lanzarse como vándalos sobre sus semejantes y sus bienes.-

Es que, como les consta a los servicios y a los comunicadores, la ira que se desata con una nada casual regularidad no es espontanea (aunque, repetimos, sea explicable) sino que, por el contrario, esta prolijamente planificada. No hay nada de improvisado ni de propiamente genuino en reacciones de este tipo donde muchos de los participantes reciben un estipendio en el mejor de los casos y, en ocasiones, o mas directamente, una abierta presión. Hay motivo para sospechar de un movimiento que se agrupa en torno a jefes y banderas que eligen y proponen siempre solo la violencia, la grosería y la agresión para manifestarse y hacerse presente. No se puede hablar solamente de un afán de publicidad, de un gusto por hacerse notar sino que hay detrás un propósito evidente por transmitir una impresión de fuerza que va mucho mas allá de una serie de requerimientos concretos entremezclados con otros de cambios sustanciales en la seguridad que no van a ser satisfechos.

Querer transformar o eliminar un ordenamiento sociopolítico que se reputa malo (porque se lo juzga por sus abusos y vicios antes que por sus principios y potencialidades) con mortificaciones al prójimo seria muy tonto si no fuera cruel.

Mientras tanto la dirigencia partidaria -que en parte es cómplice, como Juan Cafiero y en parte es inepta- vuelve a cometer los errores de la década del 70: ver en estos alborotadores sin programas unos luchadores que no deben ser reprimidos y creer que se trata de los nuevos idealistas que, a diferencia de los de sus antecesores, no usan (todavía) armas de fuego sino palos. No advierten, se niegan advertirlo, que se esta ante muchachos que practican en formas publica una gimnasia prerevolucionaria para la cual se están adiestrando individual y socialmente, física y psíquicamente, desafiando a una sociedad cuya representación pretenden ejercer ante la ausencia de mandatarios autenticos. Se esta ante una crisis tanto de autoridad como de representatividad.-

Por denuncia de los campesinos que vieron los movimientos de los hombres de la FARC colombiana pudieron ser rescatados sanos y salvos Mons. Jorge Gimenez Carvajal, presidente del CELAM y el P. Desiderio Orjuela que fueron secuestrados por la banda. El episodio es tan ilustrativo como alentador.

Significa que la mayoria de los supuestos beneficiarios del terrorismo de 40 años que se practica en Colombia, no se enteraron de las buenas intenciones de sus defensores y prefieren proteger a sus explotadores como serian los dos sacerdotes. Es indudable que de esta manera (además de demostrar su fe religiosa) responden a la convocatoria del presidente Alvaro Uribe que insto a sus compatriotas a tomar parte activa en la guerra revolucionaria desatada en su país.

Otro sector de la sociedad agredida -los ganaderos- han dispuesto proceder de la misma forma, incluyendo ayuda financiera. Así, como decíamos en la entrega anterior, se empiezan a invertir los términos tácticos en que el terrorismo impone el conflicto por el mismo desatado: la sociedad agredida toma conciencia de la nueva realidad planteada por la violencia, se defiende y toma la iniciativa contra sus agresores. Es, quizá, el único modo de vencer (aniquilar, según el exacto verbo utilizado para movilizar hace un cuarto de siglo a nuestras fuerzas armadas) a ese enemigo, moderno y salvaje, que es la subversión revolucionaria.-

Preocupada por su caída de protagonismo la señora de Carlotto -presidente bizarra de las Abuelas de Plaza de Mayo- decidió hacerse tirotear el frente de su domicilio, por supuesto que sin mayores perjuicios. Le sirvió para recuperar por algún momento su dudoso papel de víctima, recibiendo adhesiones tan falsas como el atentado y hasta alguna módica marcha de apoyo, con reconocibles indicios de disciplinada preparación.-

Según información que recorre el espacio de Internet pareciera que la señora de Carlotto nunca fue abuela de desaparecido sino madre de una guerrillera caída en cumplimiento de su deber. Lo que fuere, la señora y su perversa organización dedicadas a revolver el pasado de algunas criaturas elegidas por instinto o por azar y a arruinarles su presente y futuro, prosigue su obra en los tribunales donde, a pesar de contar con jueces y camaristas adeptos, no pueden impedir que progresiva aunque muy lentamente (sospechosa lentitud) una a una vayan cayendo las causas iniciadas por secuestro de recién nacidos.

Sin amedrentarse por el hecho que la denuncia por tal delito ya había sido desestimada por la propia Cámara que juzgara a los comandantes (causa 13/83), la replantearon con ahincado fervor, multiplicando los casos hasta llegar a 600 en un primer momento. Lamentablemente para ellas y tras las intervenciones de diversos tribunales, semejante volumen se fue reduciendo hasta llegar a 22, luego a 12 y en la actualidad a solo dos casos sin resolver. Nada de esto obsta para que ninguno de los operadores en la maniobra -abuelas y jueces- se den por vencido sino que se las ingenian para mantener los juicios abiertos, la infamia pendiente y la opinión publica mas o menos interesada pese al alimento que les proveen los medios.-

Hay que decir antes que nada que en ningún caso se probo la existencia de un plan coordinado de secuestros de bebes de mujeres muertas o detenidas, inconveniente que desvela a magistrados como Bonadio y Cavallo porque no pueden redondear la ansiada figura de la asociación ilícita. Además se olvidan, entre otras, dos circunstancias muy importantes:

1) que muchas mujeres embarazadas murieron en enfrentamientos armados o sea que ellas mismas mataron a sus hijos;

2) en otras ocasiones los mismos correligionarios tomaron a los hijos de sus compañeras de armas y de lecho para ponerlos a resguardo.

Toda esta inacabable movida en la que intervienen jueces, comunicadores y funcionarios o ex funcionarios (como la que fuera secretaria de DDHH, doctora Pierini) responde a una sola y fundamental intención, a una sola y fundamental estrategia, mantener abierta la guerra revolucionaria aunque sea por el método del rencor y de la ficción.-

FOTOCOPIE Y DISTRIBUYA
Dr. Víctor Eduardo Ordóñez
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