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lunes, 17 de diciembre de 2007

A propósito del 11 S y otros ataques terroristas

Convivir con la Guerra

Podría parecer que un título de estas características representara una exageración dentro del entorno de la vida común de los países, tanto en el marco individual, regional y hasta mundial. Sin embargo a poco que hagamos un análisis de la situación del pasado inmediato y de los recientes hechos acaecidos en los EE.UU. (Torres Gemelas del 11 de Septiembre de 2001), nos podemos ir dando cuenta que el mundo va camino de esa realidad. Realidad que siempre pudo haber existido pero que ahora la tendremos, con mayor fuerza, permanentemente siempre encima nuestro.

Ello representa un estado de ánimo, que para algunos podrá ser una fantasía o una posibilidad lejana, para algunos otros una condición de temor permanente y previsión y para otros una realidad presente y aún permanente. Pero lo natural de todo ello es que sin valorar lo temporal, los hechos ya están presentes, previsibles, futuros, o reales, donde a todos nos toca por igual, aunque ello sea en diferentes dimensiones espirituales, emocionales o materiales.

Hoy día, para cualquier país del mundo le será difícil desprenderse de esa posibilidad latente que arrastra con su accionar sorpresivo y violento cualquier tipo de previsiones que se hayan tomado, considerando que la inteligencia y la capacidad de sus autores escaparán siempre a todo límite, porque siempre encontrarán nuevas formas y métodos para ponerla en práctica.

Escribiendo este artículo escuchaba por radio que se han producido amenazas de bombas en más de cinco lugares de esta capital, entre ellos la Cancillería y la Casa Rosada, motivando medidas de previsión. Si esto lo aceptamos como una realidad frente a la situación global existente, es coherente pensar y decir que tenemos que “convivir con la guerra”. Cuántas situaciones similares se irán presentando en nuestro país y en el resto del mundo, en un mundo donde todo parece ser “ilegal” y en donde será cada vez más difícil “perfeccionar los controles y sobretodo los medios para combatirlos”

Así como la ciencia y la técnica van modificando la vida de los diferentes pueblos y por lógica la de los hombres, los hechos naturales, espirituales y hasta los materiales con una raíz común, nos van obligando a modificar nuestros criterios, nuestros conceptos y por lo tanto nuestras costumbres.

Se ha llegado a tal punto en esta transformación que hoy hablar de “terrorismo” es lo mismo que hablar de “guerra” y esto no es ficción, es una realidad, tangible, evidente, concreta que se puede ver, comprobar y sentir. Hoy el “terrorismo” método que siempre fue tomado como el accionar de fuerzas irregulares, se está llevando al plano de la “guerra” y que para afrontarla “nos tenemos que unir todos los pueblos que queremos participar en ella”.

Todo esto tiene un sentido que va más allá de lo natural y que es la nueva concepción que le podemos asignar a la existencia de una “nueva clase de guerra”, que azota al mundo de hoy. En el pasado nos conformábamos y aceptábamos la guerra con un principio y un fin, con o sin preparación previa y su accionar sorpresivo, con o sin declaración, pero con la finalidad de aniquilar a las fuerzas militares enemigas para alcanzar determinados objetivos. Pero todo esto ha cambiado totalmente y la vieja clasificación de las guerras se ha visto completada por la aparición de una nueva, cuya naturaleza es totalmente distinta a aquellas.

A partir de la II GM un nuevo concepto se ha desarrollado o por lo menos ha tenido una aceptación definida, clara y concreta. Esto es “La Guerra Revolucionaria”. Guerra en la cual su denominación esta marcando una “naturaleza” muy particular en sus formas, su metodología, una guerra ilimitada en el tiempo, permanente pero con acciones de diferente significado, trascendencia y características, continuas y discontinuas, que se van produciendo según sea el criterio, la conveniencia, la sorpresa y objetivo perseguido. Esta es una guerra que ya ha tenido principio pero que ahora no tiene fin.

Esta forma de manifestarse, es producto de su propia naturaleza, donde la violencia se mezcla con la acción sicológica, con la presión para la conquista de la voluntad del hombre, donde se mezclan factores materiales y espirituales, religiosos e ideológicos, donde el hombre no es considerado como ser humano sino como un elemento al servicio de otros intereses, que lo llevan incluso al desprecio de su propia vida en bien de objetivos superiores.

Pero lo real es que esta situación, que en general siempre ha existido, ahora la estamos conociendo y palpando en carne propia, en su verdadera dimensión y que como ya lo expresara, a partir de la II GM se ha instaurado en el mundo con una intensidad cada vez mayor a tal punto que hoy por la contundencia de los hechos todos estamos seguros que vivimos en guerra.

Ciudadanos de cuantos países del mundo han sufrido las consecuencias del atentado terrorista reciente? Será difícil definirlo, pero seguramente serán muchísimos los afectados. A todos en general y a cada uno de los familiares en particular “les está tocando convivir con esta guerra”.

¿Cuántos ejemplos de estos se podrían mencionar? ¿Cuántos ejemplos de estos tenemos en nuestro país? Sería cuantioso y repetitivo, mencionar los propios y los del exterior, que ya han sido escritos sobre este tema. Ahora vendrá la reacción. ¿Cuantos más morirán?, cuántos de ellos serán inocentes y cuántos responsables. ¿Qué vendrá después de esto? ¿Más guerra? Mientras tanto, es casi seguro que el “mundo seguirá flotando en esta situación” en toda la dimensión de su tamaño.

Hay quienes piensan que la reacción a tomar debe estar orientada al aniquilamiento de los “guerrilleros y también de los países patrocinantes”.
¡Cuidado! El aniquilamiento en las guerras de esta naturaleza es circunstancial y temporario, nunca será definitivo. Podrá ser generacional. La lucha seguirá en otros campos, la preparación continuará y cuando se vuelvan a dar las condiciones, otras acciones aparecerán. Miremos los hechos en el espejo de nuestra propia historia.
La Guerra de la Cuarta Generación
Los acontecimientos que se están desarrollando en el mundo, que involucran a la totalidad de los países del planeta, tanto aquellos que lo hacen a través de una acción directa, como también al resto, aun cuando en algunos casos sean acciones menores o más reducidas y en donde estos acontecimientos se desarrollan o se presentan con criterios diferentes y aún con variantes dentro de los mismos grupos afectados, nos están evidenciando, sin lugar a dudas , que ha llegado el momento de pensar que tenemos que aprender a “convivir con la guerra”.

Hoy día, será difícil para cualquier país desprenderse de esa posibilidad latente, que arrastra con su accionar violento, sorpresivo y psicológico, la necesidad de adoptar cualquier tipo de previsiones, considerando que la inteligencia y la capacidad de aquellos que la ponen en práctica, escapará siempre a los límites totales de seguridad que se pudieran adoptar, dado que permanentemente se encontraran nuevas formas y métodos para ponerla en práctica.

Se ha llegado a tal punto en esta transformación, que hoy dentro de nuestra vida cotidiana, resulta necesario destinarle un porcentaje de atención, que será variable, según el grado de peligrosidad que nos rodee.

La guerra de hoy, como expresión de violencia de fuego y de muerte, como nosotros la concebimos y la hemos visualizado, con un principio y un fin en su desarrollo, ha sido superada por una concepción muchísimo más amplia y compleja que aquellas. Ello es así, porque hoy a esa concepción se le han incorporado otras técnicas, otras metodologías, otros procedimientos psicológicos y hasta silenciosos, otras forma de llegar para obtener la destrucción del adversario y en donde el terrorismo ha alcanzado una dimensión desconocida, que conlleva a la incapacidad de reaccionar y en donde las victimas pueden estar o no vinculadas con el blanco.

Haciendo un breve análisis histórico, sin entrar en mayores detalles, dado que sobre estos temas se podría escribir más de un libro, me atrevería a expresar, como una opinión más, que hoy el mundo se encuentra frente a una forma de guerra, de naturaleza diferente de las que hemos afrontado anteriormente. Es lógico que así sea, ninguna guerra es igual a la anterior, porque cada una va presentando matices diferenciados que la van ubicando en un plano distinto de las anteriores, aunque también en ellas, se sigan empleando materiales de guerra más sofisticados y en donde resulta difícil definir al enemigo y al estado beligerante. Estos mÈtodos son los que definen la “guerra de hoy”.

A esta guerra me atrevería a llamarla “de la cuarta generación”, porque es nueva, es diferente, es una mezcla de fuego y muerte, de silencio suicida, de miedo y de pánico, donde hasta la propia vida del ser humano se transforma para llegar a convertirse, por convicción, en una verdadera herramienta de muerte, donde lo costoso y técnicamente sofisticado está equiparado con lo barato y simple que representa emplear los propios medios del enemigo. Es una guerra donde resultará siempre difícil encontrar responsables materiales, ya que se inmolan en el acto mismo, y en donde resultará imposible llevar al enemigo a la justicia.

El siglo pasado tuvo una “Primera Guerra Mundial” y luego de veinte años otra que se la bautizó como “La Segunda Guerra Mundial”. Ambas abarcaron gran parte de nuestro planeta participando las principales potencias. Ellas se fueron sucediendo con avances tecnológicos y concepciones estratégicas que causaron verdaderos asombros a la humanidad. Desde la lucha en las trincheras y el combate con las bayonetas, desde los grandes bombardeos indiscriminados de ciudades, hasta la utilización final de las armas nucleares. El mundo quedó temblando ante estos acontecimientos, pero la lucha no terminó.

Después del empleo nuclear en 1945, aparecieron los conflictos ideológicos, la conquista de China por Mao, la Guerra de Corea, la derrota de los franceses y de los americanos en Vietnam, y los cuantiosos conflictos que se fueron produciendo en diferentes países del mundo por la acción ideológica del troskismo, marxismo y leninismo, agravados todos, por las permanentes luchas en el Medio Oriente y en varios países de todos los continentes. Estos conflictos, que nacieron después del 45, dividieron a las grandes potencias del mundo político e ideológico en “Oriente y Occidente”, quedando un pequeño grupo de países menores separados del resto como los “no alineados”. A partir de aquel entonces, comenzó una nueva forma de guerra:“La Guerra Fría”, con grandes matices diferenciados, de lo que también se dio en llamar “La Guerra Revolucionaria”.

La caída del muro de Berlín, la unificación de Alemania y el desmembramiento de la Unión Soviética posibilitó la desaparición de los dos grandes bloques políticos, aunque no así, de los permanentes conflictos ideológicos y político-religiosos que siguieron ocupando el escenario mundial despuÈs de la década del 80

Con esta breve síntesis, cuya magnitud todos conocemos, el mundo entró al siglo XXI, tal vez, con grandes expectativas de desarrollo político, económico y cultural. Sin embargo los acontecimientos recientes nos asombraron nuevamente con la aparición de un nuevo conflicto, esta vez, con la naturaleza, las características y la forma de lucha que todos estamos comprobando y soportando y que nos ha llevado a pensar que tenemos que aprender a “convivir con la guerra”.

Esta situación, como ya la hemos caracterizado, por todos los elementos de juicio que se han considerado, representa una nueva forma de guerra, con matices originales pero con complementos de lucha tal vez mas importantes que el “fuego y el movimiento” y que nos llevan a pensar en la existencia de una nueva “generación” en el desarrollo y en la forma de presentar el conflicto. De ello se deriva el criterio de enunciar a este conflicto, como “La Guerra de la Cuarta Generación”.

No deja de ser nada más que una opinión, en el avance de pretender calificar esta situación que está viviendo el mundo entero, como algo distinto, diferente, imprevisible, sorpresivo, tal vez de una muy larga duración, con la consecuencia de vislumbrar a cada instante choques políticos culturales, religiosos, etc., episodios todos estos de graves resultados para la vida de toda nuestra humanidad.
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