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lunes, 15 de marzo de 2010

"OTROSÍ" Nro. 43 – abril del 2003

"OTROSÍ" Nro. 43 – abril del 2003

1 - "EL VOTO SOBRE CUBA"

Mucha discusión y mucha reacción produjo la decisión del presidente Duhalde de abstenerse en la votación en la ONU con respecto a la cuestión de los derechos humanos en la marxista Cuba. De esa manera se abandonó una tradición de la política exterior argentina. Se invocaron para ello razones no del todo convincentes, si se exceptúa la de solidarizarse con la similar actitud de Brasil. Como a esta altura de los acontecimientos mundiales no nos vamos a escandalizar de nada (o de pocas cosas, como la agresión a Irak), entendemos que la decisión de nuestro gobierno no aporta ningún principio de solución para el terrible caso cubano, una verdadera prisión flotante, último trozo emergente de un universo que se derrumbó sin que Castro se diera cuenta.-

La abstención de Argentina y Brasil -que equivalía a un voto de rechazo de la condena a este comunismo caribeño tardío- coincidió con la muerte, tras un sospechoso juicio sumarísimo, de tres "terroristas" que intentaron huir de la isla. Castro aplicó su ley, lo que no está mal porque las leyes están para ser aplicadas eso sí, allá como acá. Ejerció un derecho inalienable de todo gobierno como custodio del orden a su cargo, el de defenderse.-

¿Cómo, pues, reconocerle esta facultad superior a Castro, exportador de revoluciones y de revolucionarios, y negársela a los que a su turno la pusieron en práctica? Menuda dificultad la de la izquierda del continente; esta izquierda -toda la armada de los 60 en adelante y buena parte de la pre y posarmada- proviene de Cuba que la inspiró, la entrenó, la financió y la apoyo de todos los modos posibles. ¡Este comportamiento fue, en realidad, la grande violación de los derechos humanos en América y en otras partes del mundo! Estas tres postreras víctimas de la vesanía estalinista de Castro no son más que eso, muestras de un sistema tiránico por su práctica y en sus principios, por necesidad y por naturaleza. No cabe escandalizarse por esos crímenes tras medio siglo de experiencia continuada en el mismo sentido. Experiencia a la que todos los países americanos asistieron como víctimas (el nuestro), como cómplices (Méjico) o como reflejo (Nicaragua).-

Castro mismo proporcionó en su discurso del 1º de mayo una razón válida para justificar su proceder y que debe ser escuchada por tirios y troyanos. Explicó que los ajusticiados eran terroristas que habían cometido un atentado (aunque no murió nadie) pero que era el primer paso para una maniobra mucho más amplia que iba a costar la vida a millones de cubanos ¡El sabe muy bien de qué habla! Como que en ese efecto cascada -que comienza por pequeños atentados para precipitarse y culminar en la guerra revolucionaria- consiste la táctica central de la subversión que Castro desató por todo el continente. Se ha de inquirir, entonces y ante el ejemplo y la explicación que acaba de proporcionar el jefe marxista, qué delitos cometieron los militares argentinos que defendieron al estado nacional, a su ordenamiento y a su legislación.-


2 - "LA REVOLUCION SE PREPARA EN LA CALLE"

Sería un error gravísimo e imperdonable descuidar o minimizar lo que está ocurriendo en las calles y rutas del país. La presencia de la izquierda violenta (pre-armada) en los lugares públicos con cualquier excusa y con cualquier reclamo, no es un episodio que puede seguir pasando desapercibido ni con el que se pueda seguir transando. El tratamiento que el gobierno y los medios les dan a estos episodios (fastidiosos, agresivos, bullangueros, desafiantes y esencialmente irracionales) es el de considerarlos sucesos 1) justificados por la intención, 2) simpáticos por lo espontáneo; 3) justificados como el ejercicio directo de la democracia. No es preciso decir que todas estas apreciaciones y otras similares son falsas.-

A nadie se le oculta, por otra parte, que la intervención abierta de la izquierda es decisiva como que constituye su estrategia actual.-

Sus gritos, sus procedimientos, sus discursos, en fin su estilo, se parecen demasiado a los que se aplicaron en las décadas del 60 y del 70 preanunciando lo que vendría después y no dejan lugar a dudas. En todo caso -y menos las autoridades responsables del orden presente y del futuro- tienen derecho a equivocarse, a volver a equivocarse. No son inocentes ni idealistas jóvenes y no tanto -como tampoco lo fueron los del pasado- los que arrojan piedras, tiran bombas "molotov", queman automóviles, rompen vidrieras, saquean e impulsan al saqueo, enfrentan e hieren a policías y cometen cuando desmán les indica su imaginación de marginales y de delincuentes así sean potenciales. Si quisiéramos aguzar la observación podríamos, quizá, detectar alguna diferencia no menor pero tampoco relevante con los del pretérito cercano. Hoy no son, como entonces, sólo estudiantes de clase media los que salen a cometer estropicios bajo esa impunidad que da el número, esa legitimidad que pretende la multitud; ahora se trata en buena parte de sujetos realmente periféricos que movidos más por el impulso ideológico que por la necesidad, se abalanzan sobre la propiedad privada e incluso sobre la pública como forma de protesta. Alegan necesidades que no son las propias y lo hacen por cálculo dialéctico, no por generosidad, para disponer de la prerrogativa de agredir, no para solucionar problemas.-

Tales comportamientos se parecen mucho más a una táctica de presión, de desgaste, de acostumbramiento a la violencia gratuita que a un modo genuino y leal de requerir soluciones o de buscar respuestas. No se puede (ni se debe) disimular el hecho que se está -por su reiteración, por su sistematización, por su simultaneidad- ante una verdadera gimnasia revolucionaria que va más allá, mucho más allá de una simple agitación social o de una preocupación reivindicativa de derechos laborales cercenados o de intereses gremiales desconocidos. Lo demuestra con toda claridad la actitud adoptada en el conflicto de la fábrica Blukman, tomada artificiosamente por un grupo minoritario e sus empleados en nombre de todos en momentos en que se estaba cerca de una solución satisfactoria para la empresa y para su personal; por si alguien no lo creyera ahí está la negativa de la parte sindical a concurrir a la audiencia de conciliación en el ministerio de Trabajo: el negocio de los revoltosos consiste en mantener abierto el litigio y con éste la tensión.-

Cualquier excusa les viene bien, cualquier conflicto es aprovechable para estos profesionales de la lucha constante y del enfrentamiento renovado. Incluso llegan a provocarlos o a ahondarlos hasta volverlos inconciliables en una combinación de leninismo y gramscismo. Por eso es que han instalado en las calles no la revolución sino el espíritu revolucionario. En esos aquelarres se dan cita piqueteros y homosexuales, cada cual con su petitorio bajo el brazo o en el puño; caudillejos y delincuentes, hambrientos y matones, universitarios burgueses y habitantes del lumpen urbano. Un caudal de energías negativas y perversas inundan las ciudades a horcajadas de necesidades reales que nadie tiene el derecho de explotar ni de frivolizar. Como lo hacen los Castells, los D'Elía, los Pistrola y tantos más que oscilan en un equilibrio harto inestable entre la causa obrera que dicen defender y la actividad hampona que despliegan en la práctica. Ahora bien, esta presencia que nadie desea ni precisa se completa con la ausencia de dónde sí harían falta tantos brazos pagos por el estado, como en Santa Fe. Aquí se expone su calaña moral.-

Esas pequeñas multitudes que diariamente ocupan las calles y mortifican a los ciudadanos con particular sadismo, van contra todos los valores imprescindibles para una vida civilizada y carcomen las bases de un estado que se presenta sugestivamente débil . La negación y el olvido del respeto mutuo, del sentido de solidaridad, del recurso al dialogo racional, de la dignidad de no mendigar, del desdoro de robar, del honor del progreso por mérito propio, de la satisfacción de la propiedad bien obtenida son los pasos hacia la autodestrucción de lo que alguna vez se conoció o se vislumbró como cultura argentina. Ahora con estos tumultos tolerados por el gobierno y soportados por la sociedad, con estos aprietes que perjudican a todos, con esta representación fraudulenta ejercida por dirigentes jamás elegidos, se pone en peligro "lo común", lo que se tiene de participativo en la sociedad, lo que nos identifica como nación relativamente feliz no tanto por próspera como por ordenada. Se corre el riesgo de destrozar nuestra unidad y de que, a fuerza de desconfianza recíproca, empecemos por no reconocernos con esa concordia que resaltaba Aristóteles como condición de la vida en la ciudad.-

Es el espíritu revolucionario en acción que amenaza y atemoriza, que pretende ocupar el espacio que el poder legítimo ha declinado, que se propuso la sustitución de los valores tradicionales -apreciados por la inmensa mayoría como básicos e indispensables- por otros nuevos revolucionarios, donde lo natural se diluye en su deformación y lo antinatural se impone como norma. Va apareciendo -casi imperceptiblemente- un poder que viene no del interior de la sociedad sino de sus márgenes lo que le da su auténtico contenido y devela su verdadero sentido. Este poder, inédito, violento, inubicable, sin límites ni control, no tardará en transformarse en legítimo (en la medida en que se lo acepte), por fuera del estado establecido al que le disputará su espacio y licitud.-

Se crea el clima de violencia psicológica y física necesario para insertar en la comunidad lo que llamamos "espíritu revolucionario" que no consiste sino en la convicción que el único camino que nos puede llevar a una solución es el de la violencia; con lo que tiene de abandono de las virtudes, de ruptura con el pasado (que supo ser mejor que este presente y que el futuro que nos dibujan los neoterroristas), de declinación de los modos civilizados de convivir. Buscan implosionar el sistema no modificándolo sino destruyéndolo.-

3 - "¿QUÉ HAY DE LAS ELECCIONES?"

Fieles a nuestro propósito de no incursionar en el terreno de la política contingente -no por pacatería ni falta de opinión siino por una autoimpuesta limitación a una temática que conserva toda su vigencia como es la de la subversión impune y la de la represión sancionada- no vamos a entrar en consideraciones relativas a los resultados electorales del 27 de abril. Sólo rescataremos un hecho que los medios -algunos medios- se han ingeniado en sepultar para que la opinión pública no saque las consecuencias que serían pertinentes. El hecho es simple y evidente y consiste en que la izquierda más tumultuosa y convulsiva, más chillona e histérica no figuró casi en las cuentas finales de los comicios.-

Los primeros grandes derrotados fueron los piqueteros que llamaron a no votar o a hacerlo en blanco o a impugnar el sufragio. Querían repetir lo ocurrido en la anterior elección de 1999 pero esta vez que ello sucediera en su nombre, es decir que asumiera un rasgo subversivo. Lo que antes había sido una reacción espontánea de una sociedad cansada de ser defraudada se pretendió utilizar como expresión de un movimiento que carece por completo de inserción. Como siempre, esta izquierda descolocada y extraña -históricamente ajena al sentimiento nacional- trató de ahuparse en actitudes y reacciones que no le pertenecen, agregarse a aspiraciones y movimientos surgidos en otros estamentos e inspirados en otros propósitos y necesidades. Vagando y divagando a la pesca de esas inquietudes a partir de las que pueda instalar un estado de ánimo que sea aceptado por el crédulo pueblo argentino, esa izquierda tan escasa como explosiva procura un lugar bajo el sol, una voz que no tiene. Por momentos da pena sino fuera que también hastía por su metodología inútilmente destructiva y banalmente contestataria.-

Pues bien, nadie -o muy pocos- hizo caso de los ronquidos de Castells y cómplices y se registró el presentismo más alto en el actual período democrático. El razonamiento del pseudo jefe de pseudos jubilados y desocupados -adjudicando a su convocatoria una resonancia de más de seis millones de personas- es tan pícaro como infantil y no se lo puede tomar en serio. ¡Esto sí que es manosear la realidad y deformarla sin vergüenza!

Pero el comportamiento electoral de las otras izquierdas -aun de las más presentables como las de Bravo y la Walsh, sin contar con la impertérrita del falso Altamira y alguna que se nos olvida- no fue más feliz; sólo que ellas no pueden recurrir a fantasmagóricas interpretaciones, sujetas como están a la inflexibilidad y evidencia de los números.-

Queda la otra izquierda, esa infiltrada, con mayor o menor disimulo, en los partidos llamados -no se sabe porqué- "tradicionales": por ejemplo el peronismo de Rodríguez Saa o de Kirchner o el radicalismo (¿) de Elisa Carrió. Sería excesivo atribuirles un decisivo componente "progresista" (que en la práctica, se quiera o no, es sinónimo de izquierda aunque, quizá, más cultural que político) y, en todo caso, no fue ese ciertamente el factor que gravitó para su actuación electoral. La gente los votó como lo nuevo o lo alternativo, algunos como lo superador, otros como lo continuador pero no como lo rupturista que es lo que caracteriza a la nueva izquierda socialdemócrata.-

La izquierda, entonces, a la luz de los datos del 27 de abril, no tiene cabida en el espectro político (aunque sin duda la tiene en el ideológico y a esto hay que estar muy atentos) y se ve obligada a manejarse por dentro y por fuera de la vapuleada institucionalidad argentina. Acecha a la espera de la ocasión o del resquicio para asumir una crisis social no en busca de su superación sino de su ahondamiento; y cualquier motivo le vendrá bien para alcanzar algún protagonismo y no seguir girando en el vacío.-



"CUANDO LA GUERRA ES JUSTA
EL QUE NO MATA PECA"
(San Agustín)


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Dr. Víctor Eduardo Ordóñez
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